
A las cuatro de la mañana comprendí por qué Irene había estado preguntándome tan insistentemente sobre mis libros favoritos y cómo eran sus portadas. Le dije que en Al sur de la frontera al oeste del sol había un japonesito o una japonesita, no estaba segura (en todo caso, me gustaba esa androginia); también le hablé de tres figuras con sombreros diluyéndose en el polvo del desierto de Sinaloa, y de otro donde una chica llevaba un par de gafas de corazones, muy Kitsch, muy tiernamente perversa.
Fui hasta el baño y miré mi cara drogada por el desvelo y el cansancio. Me doblé hasta hacer crujir mis vértebras, culpé al síndrome premenstrual o a cualquier otro síndrome desconocido o familiar (por ejemplo, al “fantasma de la No Escritura”, como había dicho tan bartlebyanamente Pablo Brescia en una reciente visita a nuestra carrera). Recordé, a esa hora, la cara desvencijada de una mujer que hace un par de días me escupió toda su ira cultural porque yo me había atrevido a preguntar si en ese sagrado recinto de libros vendían, por si acaso, una copa de vino. La dama me dijo: “You shouldn´t ask about wine in this place!”. Era la prueba foucaultiana que me faltaba para comprobar la odiosa sospecha de que el cultural shock no es un abstracto, sino una cuestión de agentes mínimos, pequeñas personas que alcanzan el sentido de sus vidas poniéndote la pata en el pecho para decirte desde qué lugar privilegiado de sus sistemas-culturas te hablan. No le contesté porque la vieja me había gritado en delante de mi hija, y lo menos que yo quiero es poner a Irene en el injusto lugar de la humillación.
Pero decía: me dolía la espalda y recién eran las cuatro de la mañana –cómo iba yo a saber que a esa hora ocurría una desgracia en Chile-. Volví a la cama, jalé las sábanas e hice que el reloj digital me diera la espalda para no ver sus números fosforescentes como una condena. Intenté recordar una frase de un cuento de Brescia: “vení, puta, apretá, hacé que te sienta”, o algo así, llamando a la muerte. Me había gustado ese cuento, a diferencia de otros suyos más (innecesariamente) intelectuales.
El dolor persistía. Pensé que si me tiraba en el piso mi espalda lo iba a agradecer. La alfombra me recibió con su provocación polvorienta a las histaminas. Entonces los vi: entre el somier y el colchón asomaban tres de mis libros favoritos, desnivelando la superficie de la cama.
Claro, yo le había dicho a mi hija, a propósito de una publicidad sobre intereses bancarios en la que se ve a un tipo atesorando billetes bajo el colchón, que “cuánto me gustaría encontrarme con lo que más necesito debajo del mío”. Allí estaban, entonces, las fantasías que yo necesitaba para estar bien.
Pensé en sacar los libros y volver a colocarlos en la mañana, como seguramente había hecho una princesa de los Hermanos Grimm cuando le pusieron un frejol bajo las mantas para probar su status, su intachable nobleza. Sin embargo, decidí participar de ese pacto mágico y los acomodé mejor, hacia el centro de la cama, de modo que la fuerza gravitatoria de la literatura no terminara matándome, curvándome, produciéndome una escoliosis mortal.
Cerré los ojos y oré un poco: cosas como “Gracias por Irene” o “Quiero definirme mejor”. Pensé en una frase en francés: “Sang doux”, que suena a crimen exótico, pero que en realidad es una hermosa traducción que me da fuerzas, esperanzas, véase, si se quiere: http://retors.net
Luego comenzó a llover, otra vez, y las barbas de los robles me infundieron la pizquita de miedo que necesito para dormir. Lo último que me parece articulé mentalmente fue algo al estilo Yuri años ochenta: “maldito, implacable y maravilloso invierno”.