
Hace un año, mientras caminábamos por los pasillos empedrados de la Residencia de San Ildefonso, en Alcalá de Henares, le comenté a Juan Terranova lo mucho que había disfrutado de la novela Cóm
o desaparecer completamente, de Mariana Enriquez. Me parecía una osada expedición a los universos disfuncionales de adolescentes dañados por la cultura, por la familia, por los propios padres. En ese momento Terra me ofreció una perspectiva diferente, ¿no estaba todo el peso de la dictadura ahí? Bueno, sí, eso también, dije, pero es que no todos somos lectores argentinos, me excusé. “Muy aguda, Rivero, muy aguda”, dijo Terranova, con esa fina alquimia de elegancia porteña, humildad de artista católico, monógamo y peronista y temple de cronista del Siglo XXI.
Recuerdo la escena porque anoche, en nuestro improvisado club de cine, conversando con Gerardo Muñoz sobre la peli que acabábamos de ver,
El secreto de sus ojos, estuvimos oscilando entre la tentación de ver en ese thriller una radiografía de la situación política argentina en época de Isabel Perón o la libertad de leerlo como una historia híbrida, entre el policial y el amor imposible.
Por supuesto, más allá de la pugna de las categorías, brilló la ficción.
No voy a contar aquí la trama, no soy tan pesada; pero tampoco puedo evitar comentar un par de aspectos que, desde mi punto de vista, hacen de esta producción un clásico contemporáneo. Primero hay que decir que el tratamiento simultáneo de dos relatos destinados a converger en un clímax al que también podríamos llamar “destino” es sutil, sin los típicos frenazos y desembragues del estilo hollywoodense, que, por lo general, para articular una “trenza” de temporalidades echa mano de todo tipo de efectos: cámaras distorsionadas, blanco y negro, fundidos, sepia, memoria obscenamente alterada, etc. La elegancia del ritmo y el tempo en
El secreto de sus ojos no es únicamente estilística; responde, creo yo, a la tesis central del relato: la vida es una sola. Somos los mismos todo el tiempo, y el pasado, el futuro y el presente están inexorablemente unidos por la ética, por la idea de uno mismo y la imagen viva de los que amamos. La escisión engañosa que la posmodernidad hizo de la vida, como si el pasado pudiera “matarse” para continuar adelante -y la respectiva oda a la cultura esquizo-, nos desnudó demasiado y nos expuso a la levedad de lo efímero.
Gerry y yo destacamos como un verdadero elogio a la amistad el rol de Sandoval, el amigo alcohólico, que da su vida a la vieja usanza, cuando dar la vida por los demás estaba lejos de ser una metáfora.Esta sensibilidad retro, casi anacrónica, de nuevo apuesta por antiguos valores. Y estoy de acuerdo, deberíamos tener el alma elegante, y, como dice Pedro Fernandez, "amar como antes".
La epopeya interior, asentada sobre la delicada tela de araña de la justicia institucional, ansía más bien la alta justicia poética, pero al mismo tiempo le teme. El asesinato que abre esta historia arrastra más de una víctima, porque el otro sesgo de esta movie es precisamente ése: ningún asesinato debería ser visto como una cuestión privada, un juego de pasiones secretas sin otra incumbencia humana que la eventual viudez. Al contrario, la esfera de sus implicaciones es infinita y, cuando estamos solos en la oscuridad, el fantasma de esa pérdida también nos convoca y nos pregunta.