Tuesday, September 22, 2009

Las vírgenes suicidas


A diferencia de “la gran rubia”, de Dorothy Parker, “las vírgenes suicidas” no son, en efecto, suicidas fallidas, quizás porque no han conseguido rozar ese sentimiento sinne qua non se produce el portazo final: la melancolía. Las hermanas Lisbon, lejos de ser melancólicas, son criaturas narcisistas, pequeños monstruos femeninos que lo mismo experimentan intensas hemorragias menstruales que cometen excesos con el agua oxigenada. No es extraño entonces que, si deciden embarcarse en la aventura escandalosa de un suicidio, avancen como flechas hacia ese destino.

Sus vidas adolescentes generan fascinación entre los compañeros de la escuela y los chicos del barrio, quienes quedarán marcados para siempre por esa extraña manera de ejercer la femineidad, puesto que las hermanas Lisbon no necesitan novios para ratificar su atractivo o espantar las naturales ansiedades de la edad. Son obsesas, sí, más sus fiebres van por otra parte y se diría que su creador, Jeffrey Eugenides, ha acentuado ese autismo, no para establecer distancias ni para “objetualizar” una vez más, a través de la ficción, a la mujer, sino para acordar, precisamente, que la mujer es un misterio.

Escribo esto influida por una frase que Emma me ha escrito en un e-mail. “La mujer es un misterio”. Huye de los “ismos”. Y estoy de acuerdo: de algún modo, insistir en la reflexión sobre la escritura de mujeres (aunque prefiero el término “con registro femenino”) no deja de ser una toma de posición y, en ese sentido, una ideología.

Pero nadie es nadie sin ideologías.

Por eso agradecí, poniendo algo de orden a mis caóticas repisas, haberme encontrado con esta novela de Eugenides en la que, incluso usando una voz narrativa masculina en primera persona que habla por un “nosotros”, se percibe una abierta y arriesgada aproximación al “mundo de las mujeres”, un acercamiento que se esfuerza por comprender. Inmensa tarea esa, comprender.

No sé hasta qué punto la idea de mujer llega o no a completarse o a postular una cierta “completud” en Las vírgenes suicidas (las adolescentes se lanzan de las ventanas, se cortan las venas y recurren a métodos letales por demás creativos antes de cumplir 17), pero sí creo que el veneno femenino permanece en la atmósfera mucho después de que has cerrado el libro… como un enigma.

Así lo atestigua Peter Sissen cuando, rastreando desde el submundo de las cloacas, consigue acceder al baño tan fantaseado de las Lisbon:

“El muchacho hizo un inventario de desodorantes, perfumes y esponjas ásperas para eliminar pieles muertas, pero lo que más nos sorprendió fue que no descubriera ninguna ducha en toda la casa, porque nos figurábamos que las chicas se duchaban todas las noches, con la misma regularidad con que alguien se lava los dientes. Con todo, nos recuperamos en seguida de nuestra decepción cuando Sissen nos habló de un descubrimiento que había hecho y que superaba con creces nuestras más locas fantasías. En la papelera había encontrado un Tampax manchado con los jugos interiores todavía frescos de alguna de las hermanas Lisbon”.

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