Sunday, August 23, 2009

Servidumbre


Esto es el infierno, dijo Claudia. Atravesábamos la sala de juegos electrónicos, donde el enorme zumbido de una gigantesca abeja asesina -volvamos a la saga de bichos biónicos que se puso de moda en los ochenta- nos elevaba el stress a niveles atómicos. Zafamos pronto. La manía que tenemos de entrar a las cosas por sus costados, tanto en lo simbólico como en lo real, no siempre es la mejor. Deberíamos ser frontales, le dije, mientras comprábamos las entradas, mezcladas entre adolescentes hermosos. ¿Más frontales?, sonrió Clau.

Ya cuando apagan la luz y comienza el otro mundo, todos los sufrimientos sociofóbicos se justifican. La vida comienza de nuevo en la pantalla. Hoy, alguien va a contarte algo y vos sólo tenés que abrir bien los ojos.

Vimos Gigante, de Adrián Biniez.

Un tipo sólido como un costal de papas trabaja controlando al personal de un supermercado a través de una central de pantallas. Voyeur sin voluntad al comienzo, obsesivo desbordado al final, el hiperbólico bicho es, además de melómano rockero, profundamente melancólico. Imposible no simpatizar con sus torpezas y su soledad de tipo gordo.

De poco diálogo, esta producción uruguaya pinta a sus personajes a través de sus acciones mínimas, de la rutina super tediosa de la vida del obrero cuyo ritmo biológico obedece al pitido de una sirena fabril. No sé si funciona la hipótesis de que la cinematografía uruguaya y gran parte de esa literatura tienen tradición en el relato del trabajador nocturno, ése que ve el otro lado del glamour urbano, ése que ejecuta el lado más oscuro de la producción en serie. Pues bien, esta peli se inscribe en esa tradición. Aquí se percibe el regusto por contar la intimidad descolorida, pero de pronto imprevisible, de los sujetos que de tan anónimos son todos clisés. Una población de clisés, como un pueblo concebido por un Stephen King en baja resolución.

Este coloso, que bien podría trabajar de sumo en cualquier ring japonés, se enamora de una chica del personal de limpieza a la que ve siempre desde el mismo ángulo. La cámara foucaltiana registra idénticas acciones: tomar objetos (yogur, leche, tornillos, audífonos), ordenarlos, limpiar el piso, en ocasiones robar; un ritual que no consigue del todo despersonalizar a la chica observada precisamente porque, detrás de todos esos lentes, persiste aún una mirada. Si te miran, estás salvada. Por supuesto, entre el gigante y la chica hay un montón de mediaciones y soledades. No cuento el final porque mala leche no soy.

Insisto, y quizás estén de acuerdo conmigo, en la idea de que Uruguay tiene tiempo en la exploración de una veta literaria marcada por la confluencia personaje obrero-soledad urbana. Por ejemplo, el tema del sindicalismo, de las poblaciones viejas, del impacto de los modelos políticos en la clase media baja son de alta frecuencia. En especial, me llama la atención el énfasis en el trabajador nocturno, una bifurcación bizarra del detective, un investigador accidental. En ese sentido, esta movie dialoga mucho con la narrativa del escritor uruguayo Henry Trujillo que, tanto en El Vigilante, Torquator (llevada al cine bajo el título “La persecución”) como en Ojos de caballo, muestra a la sociedad que vive de noche, esa especie (des)compuesta por vampiros posmodernos alimentándose de las sustancias residuales de un mundo que de día brilla en el consumo de un objeto revestido de discurso y de noche, desnudo ya ese objeto, revela a sus verdaderos siervos.

Debe ser por eso que los destellos cegadores de los pisos de supermercados siempre me han llenado de angustia. Pues, como dice "la nana" (peli de la que quizás postee algo después), "el hecho de que se vean limpios no significa que estén limpios".

No comments:

Post a Comment